Posteado por: Alberto C. Molina | 07/07/2008

Hasta la vista Rock in Rio

Hoy, 7 de julio de 2008, es el primer día de una nueva era, día I d.R. (“R” de Rock in Rio). El festival de festivales pasó por Madrid cual tifón dejando un rastro de diversión y buena música. Soy consciente de que al escribir esto quizás no os resulte original, porque a estas alturas ya habréis leído poco o mucho, algo, acerca de la primera edición de Rock in Rio en tierras españolas —yo el primero—, pero es lo que hay, palabra, y si alguien no está de acuerdo, ya sabe, que lo diga ahora o calle para siempre. Así que aquí me tenéis una vez más, para daros mi testimonio de lo visto, escuchado y vivido en el archiconocido evento. Casi lo olvido, antes de empezar os diré que esto es lo último que escribo sobre el tema, porque ya le hemos dedicado el tiempo suficiente, eso sí, el que se merece, y porque apuesto 25$ al rojo que alguno piensa que me llevo comisión…

Esta historia comienza, o érase una vez, como más os guste, en una calurosa tarde de verano, cuando tres jóvenes, mochila en ristre, se embarcan en una de sus mayores aventuras… Bueno, ya está bien, se trata de ser original, pero no tanto. Como os decía, ayer, 6 de julio, fui a presenciar en riguroso directo la última jornada de Rock in Rio Madrid. La idea, mi idea, era la de llegar a la Ciudad del Rock a eso de las 19:00 para evitar en la medida de lo posible el calor propio de estas fechas —eso y que el primer concierto medianamente serio comenzaba a las 19:30—, pero una cosa llevó a la otra y me parece que llegamos a Arganda una hora más tarde de lo planeado, “mea culpa”. En fin, bajamos del autocar en mitad de un paraje casi desierto, “desierto” por el sol, la arena y el polvo, y “casi” porque aquel parquin estaba abarrotado de automóviles y personas (y aclaro que las personas no estaban aparcadas, por si acaso). Dicen por aquí algo así como que la gente va donde va Vicente, y allá que fuimos nosotros también, siguiendo el torrente de festivaleros, pasando los pertinentes controles, y de una colgada que preguntaba al gentío si a alguien le sobraba una entrada, hasta entrar de lleno en el recinto, eso sí, después de las fotos de rigor en la entrada.

Una vez dentro, qué decir. Todo era gigantesco, o al menos eso nos pareció a quienes nos estrenamos en esto de los macrofestivales. Con su coqueto escenario Hot Stage a la izquierda y su espacio de electrónica a la derecha, por no hablar de la noria, que la verdad es que aún continúo sin saber qué pintaba allí, pero quedaba bien, o del centro comercial y el espacio de moda (sin comentarios), allí todo había sido diseñado a lo grande. Pero hicimos como si no existieran, porque enseguida enfilamos el paseo de las fuentes hacia el Escenario Mundo, donde los mejicanos Café Tacuba habían comenzado su actuación.

¿Impresiones acerca del escenario? Lo resumiría en “majestuoso”, con unas dimensiones titánicas, una iluminación espectacular, gran acústica y dos pantallas gigantes a juego que nos ayudaron a no perder ningún detalle a lo largo de la noche. Tras unos minutos de “increíble, es enorme” en los que personalmente me fijé en todo menos en la banda —vaya con la tirolina—, aunque he de decir que no sonaban del todo mal, nos fuimos a la pradera de césped artificial para tomarnos un respiro antes de que empezase lo bueno. Tampoco aguantamos mucho, porque había tanto que ver… que nos perdimos en los stands cercanos dispuestos a llenar la mochila de muestras y regalos. Acabábamos de salir del puesto de Fender, camiseta en mano, y donde le dimos un poco a la guitarra, o al menos lo intentamos, cuando rompieron la calma los primeros compases de Rainy Day Women. Imaginaos. Ni stands, ni regalos, ni gaitas, corriendo hacia el Escenario Mundo para coger buen sitio. Debían de ser las 21:00 y Bob Dylan, el gran Bob Dylan, daba el pistoletazo de salida a su esperado concierto. Sé que con 67 años en el carné de identidad y 44 discos en la estantería no voy a descubrir a estas alturas el secreto de su éxito, por lo que me limitaré a decir que hizo lo que se esperaba de él; un concierto clásico, de Rock ‘n’ Roll de raíces, muy correcto, mucho, impecable. Nada de cantar, ni siquiera tararear, disfruté de su música como tantos otros, saboreando cada estrofa y nota de su piano, de su voz curtida por los años y del sonido de una armónica procedente de los 60. Pero si algo me llamó especialmente la atención fue su actitud. De vez en cuando se atisbaba en su rostro arrugado una sonrisa de complicidad, la sonrisa del que sabe que ha conectado con su público y goza por ello. Guardé la calma y la compostura hasta su última canción de la velada, y es que con su mítica Like a Rolling Stone nos sacudió de arriba a abajo e hizo que entonásemos al unísono su estribillo, liberándome de mi ensoñación. Bravo.

Tras hacerme a la idea de que había vivido en primera persona el concierto de una leyenda viva del Rock, al fin, aparecieron sobre el escenario Franz Ferdinand, la sorpresa de la noche. Así es, había escuchado que los directos de los escoceses dejaban bastante que desear, pero de eso nada. No nos dieron un segundo de calma a base de Take Me out, Do You Want To, The Dark of the Matinée y demás, y dejaron en el aire un sabor de boca más que bueno, de notable alto me atrevería a decir. Después de tanto salto, palma y mano arriba era el momento de abandonar durante unos minutos nuestro particular campo de batalla y encontrar algo para cenar, porque claro, la organización, que estuvo en todo, prohibió por activa y por pasiva la entrada al recinto de “combustible”.

De nuevo frente al escenario mundo, donde nos alegramos más que nunca de estar rodeados de gente —al contrario que durante el día, la noche vino acompañada por un frío que no era normal—, presenciamos la entrada triunfal de Lenny Kravitz, un hombre al que yo tenía más por estrella del pop que otra cosa, pero que con sus Fly Away y Are You Gonna Go My Way me demostró que también tiene madera de rockero. Sin embargo, fue el concierto que menos me gustó, tal vez porque no soy seguidor del neoyorquino, aunque reconozco que I’ll Be Waiting fue uno de mis momentos de la última jornada. El tema siempre me ha gustado, pero esa inclusión de la guitarra eléctrica a manos del doble de acción de Steven Tyler fue muy acertada. Se apagan las luces y se anuncia el cierre con dj Tiesto. ¿Tiesto? Señoras y señores, el reloj marcó hace tiempo las 02:00 y nosotros vinimos por el Rock, así que emprendemos el camino de vuelta a casa, satisfechos con lo visto y oído.

Yo repetiría, de hecho, si todo va bien, repetiré, y es que Roberto Medina ha anunciado que el festival volverá a Madrid en 2010, con AC/DC y Metallica como posibles… Pero eso será en el año II d.R. Hasta entonces, recordaremos 5 días espectaculares en los que The Police fueron proclamados campeones indiscutibles, con permiso de Bob Dylan, quien se reafirmó por enésima vez, Neil Young, quien sorprendió con una vitalidad y entrega exageradas, la díscola Amy Winehouse, que cumplió con su mera presencia y no protagonizó ninguna de las suyas, o los ídolos de las más jovenes Tokio Hotel y El Canto del Loco. Hasta la vista Rock in Rio.


Respuestas

  1. Yo tambien estuve ese mismo día y fue espectacular. Coincido contigo en el comentario. Café tacuba estubo bastante bien, muy animados. Un Dylan que fue de menos a más y al final demostró mucha complicidad con el público, y que deja la sensación de estar viendo a una leyenda viva del rock. A mi Fraz Ferdinand me encantaron: un poco más de una hora haciendome saltar continuamente, y coreando sus canciones. Y Kravitz no estuvo nada mal, las ultimas 4 canciones, que fueron las mas conocidas, estuvieron de lujo. ¿Y a ti su guitarrista se te pareceía a Steven Tyler?, yo creo que estaba más que inspirado en Jimmy Page.
    Pero desde luego fue un domingo a recordar por siempre.
    Saludos


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